Camino a la prevención integral

Un programa de prevención en farmacodependencia  no tiene porqué centrarse en el problema del consumo.

Por no tener presente esta perspectiva, muchos programas de prevención terminan empobreciendo sus estrategias y contenidos, reduciendo su trabajo a una monótona información sobre las sustancias psicoactivas y a una descripción, en ocasiones escandalosa y novelesca, de los problemas que genera la adicción.

 

Algunos agentes de producción terminan, sin saberlo, pretendiendo conjurar la compulsión del consumo con la compulsión de la limpieza, la eficiencia y la salud, reproduciendo así, por otros medios, el problema que intentan combatir.

 

 

El rehabilitador se ve obligado a responder a las demandas que genera el caso sintomático, debiendo instaurar una acción correctiva  que permita la reinserción del paciente en la trama interpersonal. La prevención, en cambio, goza de un horizonte más amplio, centrado su interés en el grueso de la población no sintomática, enfocando los esfuerzos en una intervención a mediano y largo plazo sobre los factores de riesgo y los factores protectivos que actúan, respectivamente, propiciando o impidiendo la aparición  del fenómeno adictivo.

 

Es por eso que la acción preventiva se orienta a incentivar procesos culturales e interpersonales propicios al afianzamiento de actitudes, valores y estrategias comunicativas que favorezcan la neutralización de los factores de riesgo y la aparición de factores protectivos, recurriendo para ello a metodologías que apoyan el incremento del protagonismo social, el desarrollo personal y grupal, la amistad, la solidaridad, el diálogo y la convivencia.

Prevenir es, ante todo, ayudar a mejorar la capacidad de grupos y comunidades para movilizar redes de solidaridad, para diseñar y construir de manera conjunta su futuro, fortaleciendo los valores ciudadanos, la identidad cultural y los recursos para el manejo del conflicto, la prevención debe inscribirse en el campo de la cultura.

 

Con frecuencia se observa que gran parte de la acción preventiva en farmacodependencia se centra en información sobre la sustancia y su modo de actuar sobre el sistema nervioso central, o en testimonios vivenciales de adictos que buscan conmover la sensibilidad del auditorio para crear conciencia sobre la magnitud del problema a enfrentar.

 

Es sabido, además, que muchas de estas acciones, sobre todo las que utilizan los medios masivos de comunicación, intentan generar actitudes aversivas hacia el consumo, haciendo, énfasis en el daño que las drogas pueden causar al cerebro humano o mostrando la cercanía que existe entre drogadicción y muerte, que no da respuesta a la singularidad de la vivencia que lo acosa ni muestra con profundidad.

 

A través de los medios masivos de comunicación se difunde con frecuencia un discurso fuertemente estereotipado sobre la droga, que busca generar respaldo en torno a los valores y normas que entienden el problema del consumo de psicoactivos como producto de un reblandecimiento de los controles sociales, un ‘’dejar hacer’’ que ayuda al desmoronamiento de las costumbres y que es aprovechado por algunas personas inescrupulosas para inducir a los jóvenes al consumo.

 

Desde el punto de vista clínico existen serias razones para dudar de la eficacia de la intervención que intenta desarrollar conductas aversivas. Se ha constatado, en trabajo con drogadictos, que el fenómeno de la compulsión adictiva actúa como una defensa contrafóbica, con tendencia del farmacodependiente a reproducir una y otra vez la situación de riesgo, creyendo afianzar así sus mecanismos de control ante la cercanía del peligro. En ocasiones, incluso, el adicto parece recrearse al contemplar la destrucción de su personalidad y la desintegración de los lazos sociales que lo conducen al problema del consumo. El adicto busca frecuentemente situaciones de riesgo, o momentos en los que física o psicológicamente está al borde de la muerte, en un intento por lograr, en esta prueba radical y limítrofe, la integración de un yo asaltado por fuerzas encontradas que lo desgarran, buscando así superar las dificultades para encontrar una síntesis aceptable de su personalidad.

 

Presentar como contenido central de los mensajes preventivos la cercanía de la muerte y la desintegración puede convertirse, en contra de lo esperado, en un refuerzo positivo para el consumidor.

 

Estudios sociológicos muestran que la implantación exclusiva de medidas restrictivas radicales va en contravía de la aparición o fortalecimiento de restricciones convencionales o culturales que, durante toda la historia, se han mostrado siempre como las más efectivas para limitar el consumo de estupefacientes. Cuanto más recurre una sociedad a controles externos, más improbable es que se desarrollen actitudes fortalecedoras del no consumo dentro de los hábitos cotidianos y culturales. Intentando salir de una fase en la que han primado las afirmaciones generales, las condenas morales y las recomendaciones ligeras, es necesario emprender la tarea de reinsertar el problema de la droga en la dinámica del tejido sociocultural, con el fin de comprender los acontecimientos velados y explosivos que en la sombra alimentan el fenómeno de la farmacodependencia.

 

 

Atención primaria y autogestión

 

Se ha comprobado que inducir a las personas a repetir eslogans o juicios condenatorios sobre la droga no logra prevenir el consumo, efecto que sólo puede alcanzarse cuando el grupo o comunidad ha llegado a conceptualizar, desde sus propias circunstancias, el fenómeno adictivo, siendo capaz de generar salidas imaginativas adecuadas a su realidad. Sólo cuando una comunidad logra plantearse a sí misma el problema y decide enfrentarlo con propiedad metodológica, es posible hablar de un comienzo de solución. Es por eso que un programa de prevención que busque efectos duraderos debe concebirse necesariamente como un proceso de autogestión.

 

Con frecuencia se ha considerado que el conjunto de métodos y técnicas desarrollados para combatir la enfermedad y adelantar programas preventivos, no son susceptibles de modificación alguna por parte de personas no especializadas. Su diseño y definición se ha encargado siempre a personal altamente calificado, reduciéndose el papel del funcionario de menor nivel a su implementación y, el del ciudadano corriente, al de receptor pasivo de paquetes cerrados, sin que, pueda en ningún momento cuestionar su utilización.

 

Es decir, los conocimientos y tecnologías deben estar en consonancia con la cultura local, abriéndose paso la posibilidad de integrar, al lado de los métodos utilizados por los profesionales, técnicas avaladas de manera ancestral por la comunidad. Para ello, se hace necesario para evaluar al lado de los técnicos los problemas que los afectan, con el fin de ponderar las diversas posibilidades de solución y buscar, o crear si es preciso, la tecnología que corresponda a su situación y recursos.

 

La OMS llamó a organizar programas de Atención Primaria pensados como procesos autogestionarios por medio de los cuales, grupos y comunidades toman a su cargo el mejoramiento de las condiciones de vida y salud, actuando el técnico como mediador, asesor o articulador, que favorece la apropiación por parte de los ciudadanos de los conocimientos y recursos tecnológicos disponibles para alcanzar el fin propuesto.

 

La atención primaria en salud responde a un modelo autogestionario. La autogestión es posible cuando un grupo se niega a renunciar al derecho a decidir sobre lo que le concierne y toma a cargo la dirección de su propia vida, siendo por lo tanto un acto de desenajenación y afirmación de autonomía. Un modelo de atención primaria exige una desmitificación de los asuntos médicos, psiquiátricos, así como una recuperación del poder de los individuos para sanarse a sí mismos y moldear su ambiente. La asistencia en salud no puede ser una empresa ingenieril basada únicamente en la competencia de algunos técnicos y profesionales altamente calificados, haciéndose necesario superar esos programas destinados a un público pasivo, incapaz de participar en la toma de decisiones que afectan de manera sustancial su propia vida.

 

No es correcto que se quiera presentar la farmacodependencia como una simple enfermedad, con historia natural que la reduce a la perspectiva etiopatológica, cual si se tratara de un proceso canceroso, una enfermedad infecciosa o una crisis hipertensiva.

 

Dichos enfoques tienden a considerar la drogadicción como una enfermedad individual con gran carga hereditaria, que debe se encarada de igual manera como se trata una diabetes, un problema sanguíneo o una afección pulmonar.

 

Como el drogadicto nos devuelve nuestra propia imagen de manera desfigurada, preferimos verlo como un ser por completo extraño a nuestros valores e inquietudes. Pero, así nos duela reconocerlo, su conducta se alimenta de los patrones culturales que compartimos.

 

El asunto de la droga es inesperable de los grandes núcleos simbólicos y valorativos que orientan nuestra cultura.

 

He aquí el punto crucial al que debe atender un nuevo enfoque. Independientemente de que las adicciones sean censuradas o permitidas como en el caso del tabaco y el alcohol, se trata de entender cuáles son los factores concurrentes en la producción de la farmacodependencia, para poder así interactuar con ellos y lograr su modificación. La actitud que nos anima no puede ser una condena abstracta a las sustancias psicoactivas. Los psicoestimulantes hacen parte de la cultura humana tanto como el lenguaje y las herramientas de trabajo: bajo su efecto fueron concebidos, en épocas arcaicas, algunos de los más grandes sistemas religiosos e ideológicos de la humanidad. El problema consiste en saber por que tales sustancias empezaron a consumirse compulsivamente en la sociedad contemporánea. En otras palabras, el problema no radica tanto en la droga como en el hombre que la consume compulsivamente, destruyendo con su uso los más preciados vínculos interpersonales y afectivos.

 

La drogadicción debe entenderse como un problema de tipo ecológico que es generado –al igual que la crisis ambiental, la contaminación de las aguas y la destrucción de los bosques- por condiciones estructurales de nuestro propio modelo de desarrollo. Al igual que el afán de éxito y productividad lleva a destruir nuestras relaciones con la naturaleza, colocándonos en peligro de extinción, también la compulsión por el éxito y la eficiencia llevan a la destrucción del medio ambiente interhumano, poniendo en peligro nuestros nichos afectivos y contaminando el espacio comunicativo con un exceso de demandas funcionales que, al cosificar nuestra existencia, aparecen en gran parte como responsables de la génesis y perpetuación de la compulsión adictiva.

 

La madeja de la compulsión.

 

La compulsión, fenómeno central de la farmacodependencia, es la rutina conductual que nos lleva a necesitar reiteradamente de un objeto –sea sustancia psicoactiva o no -, para obtener de él la seguridad y plenitud que no hemos podido lograr en la relación interpersonal.

 

Romper la compulsión implica pensar con una lógica diferente a la propagada por muchas esferas y estructuras valorativas de nuestra cultura –promotoras de la eficacia a ultranza y reacias a la dependencia afectiva -, pues son precisamente esta lógica y esta cultura las que se revelan en crisis, desembocando, mediante un proceso gestado desde tiempo atrás en sus entrañas, en el problema de la farmacodependencia.

 

La drogadicción no es un simple fenómeno externo que podamos controlar con  paliativos o intervenciones parciales. Pensar el problema de la drogadicción e intentar buscarle soluciones nos lleva a cuestionamientos muy profundos de nuestra vida y costumbres, si no queremos caer en vaguedades y generalizaciones, en intervenciones violentas y desesperadas que no representan un camino alternativo.

 

Enfrentar la drogadicción no consiste en declarar la guerra a un enemigo que nos invade desde afuera y al que podemos atacar y rechazar como si se tratara de un agente infeccioso susceptible de ser combatido con antibióticos. Enfrentar la drogadicción implica enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestras concepciones y valores, a las actitudes y hábitos que, sin darnos cuenta, nos conducen subrepticialmente a la compulsión. Se recurre siempre a la mediación de objetos.

 

 

Los diálogos funcionales son aquellas formas de comunicación que están siempre mediadas por objetos, tareas o patrones de eficiencia. Es el típico diálogo que se establece en las familias donde sólo se habla de las cuentas por pagar, el rendimiento en el trabajo o en el estudio, entrando el dinero u otros objetos a reemplazar la comunicación afectiva directa. Estos diálogos, necesarios para la eficiencia productiva –típicos del ambiente de una fábrica o empresa -, son sin embargo funestos cuando se entronizan en la intimidad, generando violencia y obstaculizando modalidades de diálogo no centradas en la eficiencia.

 

La calidad de las relaciones íntimas –bien sea que éstas se establezcan con los amigos, en pareja o dentro de un núcleo familiar tradicional- es sin lugar a duda el factor protectivo más importante para impedir la aparición o consolidación de la estructura compulsiva. Poder acceder a nuestras necesidades de dependencia sin caer en la violencia y manipulación de la vida íntima, es un problema difícil de enfrentar, propio de la vivencia humana en todas las épocas históricas, pero agravado y magnificado en la actualidad por la aparición de nuevas formas de vida cotidiana que rompen los lazos de tipo comunitario que permitían al individuo una satisfacción más amplia de sus necesidades afectivas e interpersonales, quedando dichas necesidades replegadas a espacios limitados por círculo de amigos, la familia o la pareja.

 

Tensiones en el grupo primario.

 

 

Mucho se ha hablado de la relación que existe entre el problema de las drogas y la llamada ‘’crisis de la familia’’, concluyéndose que el consumo de sustancias psicoactivas es la consecuencia directa del desmoronamiento de esta unidad básica del funcionamiento social. Se asume así, de manera genérica y sin mucha crítica, que el avance de la farmacodependencia tiene como causa primordial el desajuste de la célula de reproducción ideológica y actitudinal de la cultura, abriéndose paso trabajos preventivos que abogan por una normatividad rígida que busca fortalecer la unidad familiar desde ciertos modelos idealizados en los que se tiene decidido de antemano lo que debe ser una buena familia.

 

Se impide, de esta manera, una mirada más puntual al soporte dialógico y afectivo que brinda el grupo primario, desconociéndose que en familias tradicionales, férreamente constituidas, también se anida – y en ocasiones de manera brutal – la compulsión adictiva. Se hace por eso pertinente asumir una mirada inicialmente no comprometida, con el fin de preguntarnos por el funcionamiento de la red familiar en tanto soporte diálogo y afectivo, poniendo de presente qué patrones de comunicación y relación se asocian en el ambiente íntimo a la producción de la conducta compulsiva. Tendremos así una visión enriquecida de los factores de riesgo, de los factores protectivos y problemas socialmente relevantes, conque se debe interactuar cuando adelantamos un programa de prevención en farmacodependencia.

 

Se sabe que en familias de jóvenes adictos suele encontrarse un subsistema conyugal donde la pareja permanece unida por una especie de contrato que los obliga a permanecer juntos, sin que el afecto aparezca de manera implícita como elemento destacado de la relación. Prima entre ellos una relación funcional; todo diálogo o acercamiento se realiza con el pretexto de enfrentar o resolver los problemas de los hijos.

 

De allí, que sea más riesgosa y conflictiva para el hijo la vivencia de una relación de dependencia en medio, de una pareja que se mantiene unida dentro de un clima afectivo frío, plagado de chantajes y maltratos, que asumir a tiempo una separación de los padres sin tener que soportar las consecuencias de una convivencia forzosa.

 

En cuanto a las funciones parentales, se ha observado en estas familias que el padre tiende a asumir de manera rígida la satisfacción de necesidades a través del dinero, con una posición carente de calidez y resonancia afectiva. La madre, por su parte, chantajea de manera explícita o implícita a los hijos, condicionando la entrega de cariño y la seguridad emocional a que éstos renuncien a su singularidad y se acoplen a sus dictados.

 

Ecología humana y autogestión de la interpersonalidad.

 

 

La drogadicción puede entenderse como un desastre cultural semejante a los problemas ecológicos que ha conocido el mundo contemporáneo, producidos ambos por el modelo de productividad y eficiencia a ultranza que caracteriza a la cultura occidental.

 

Se ha puesto de manifiesto la importancia de la dependencia mutua en que se encuentran los seres y la forma como se integran al conjunto viviente sin perder su singularidad.

 

El ciudadano corriente, sensibilizado ya a los problemas del medio ambiente, la destrucción de la naturaleza y la contaminación, podrá entender fácilmente que también existe un medio ambiente interpersonal, surcado por palabras, gestos, valores y afectos, cuya conservación requiere tantos o más cuidados que los que debemos dispensar al medio ambiente físico. Desde este enfoque se podrá entender la importancia vital que para los seres humanos tiene la cultura, la convivencia y el reconocimiento de los otros, entendiéndose la drogadicción – y en general el fenómeno compulsivo – como una falla en los necesarios mecanismos de circulación y recambio dentro del ecosistema, como una contaminación del medio ambiente interpersonal y, en especial, de las estrategias de comunicación.

 

Ecología humana.

 

Al igual que todo ecosistema, para mantenerse y asegurar a su interior el desarrollo de la vida, el medio ambiente interpersonal debe cuidar y fortalecer dos niveles básicos de funcionamiento: el de dependencia y el de seguridad. Como es sabido, gracias a la dependencia se mantienen las cadenas energéticas y tróficas de las que todos los seres vivos se alimentan. Por otra parte, gracias a la singularidad se mantiene la diversidad de especies e individuos que aseguran la riqueza y estabilidad del bioma.

 

Cabe anotar, sin embargo, que al interior de nuestra cultura se ha entronizado una peculiar visión de la realidad que se empecina en negar – y hasta considera vergonzosa – la dependencia afectiva, violentando además la emergencia de la singularidad por la aplicación de esquemas de desarrollo personal estandarizados que entienden tan sólo a la productividad y la eficiencia.

 

Al igual que los cultivadores seleccionan una sola variedad o especie para someterla al máximo rendimiento, también se ha querido homogenizar al ser humano en la fábrica y en la escuela, en el ambiente familiar y en la intimidad. La llamada, por el profesor J.M. Idrobo, ‘’contaminación del monocultivo’’, también se ha extendido a la esfera de la interpersonalidad.

 

El predominio de diálogos funcionales – uno de los principales factores asociados a la aparición de la farmacodependencia – puede ser entendido como una polución del espacio comunicativo, fenómeno que atenta a la vez contra las necesidades de dependencia y la emergencia de la singularidad. Las dificultades en la vivencia de la intimidad, la crisis de valores y los problemas en la esfera de la realización, pueden ser abordados de igual manera como bloqueos del flujo comunicativo que necesariamente debe mantenerse al interior del grupo, perdiendo de esta manera el ecosistema estabilidad y viéndose amenazado de destrucción.

 

Todo cambio en las relaciones interpersonales debe pasar por un cambio en las estrategias de comunicación. Dado que el lenguaje es un constituyente fundamental del medio ambiente humano, océano en el que nos movemos a diario siendo imposible pensarnos por fuera de él, el trabajo de ecología humana no puede ser otra cosa que una autogestión del espacio comunicativo que busca generar un cambio de actitudes en la esfera de la interpersonalidad.

 

El nicho afectivo.

 

El medio ambiente interpersonal es un trama viviente que nos alimenta con afecto, imágenes y sensaciones, del cual dependemos de manera tan inmediata y urgente como nuestro organismo del aire, el agua y los nutrientes de la tierra. Necesitamos de los demás tanto como nuestros cuerpos necesitan del oxígeno y la luz. Vivimos para los otros, para capturar sus gestos y obtener su reconocimiento, sedientos siempre del afecto y la seguridad que el contacto puede darnos.

 

Al interior del ecosistema humano existen, como sucede para todas las especies, nichos o lugares preferidos donde el ser viviente encuentra refugio y toma su alimento. Para nuestras peculiares necesidades afectivas, existen también lugares privilegiados de la trama interpersonal donde buscamos calor y reconocimiento y a los que, por analogía, hemos dado el nombre de Nicho Afectivo. El nicho afectivo cambia durante el decurso vital, siendo diferente para un niño recién nacido, un adulto o un anciano. Las situaciones culturales o el tipo de identidad social que se asume inducen también alguna variabilidad, lo que no resta constancia a la necesidad que tiene todo ser humano de contar con un lugar donde reciba alimento afectivo y seguridad en su vivencia inmediata.

 

Podríamos, siguiendo parcialmente las enseñanzas de la psicología, señalar la existencia de diferentes nichos afectivos dependiendo de la edad cronológica del niño o la persona. Inicialmente, el nicho afectivo está constituido por la estrecha relación madre – hijo, por el contacto corporal directo entre ambos y la comunicación casi fusional que entre ellos existe. Una vez iniciada la locomoción y el manejo automático del cuerpo, el niño ingresa a un niño afectivo diferente, mostrándose más abierto a lo social y a la influencia del lenguaje. Valga señalar que el paso de un nicho a otro, tanto en esta etapa como en las siguientes, se configura como una crisis vital que obliga a cambiar los marcos de dependencia y comunicación a que nos habíamos acostumbrado. Otros tipos de nicho afectivo estarían marcados por la edad escolar, la adolescencia, la madurez y la senectud, presentando cada cual demandas y características que se deben tematizar y conceptualizar de conjunto con los grupos con los grupos con los que se adelanta la labor preventiva.

 

Necesidad de contacto y afecto.

 

La matriz del afecto es el contacto corporal directo, tal como lo exige el niño de la madre que lo cuida y de los adultos que lo rodean o como lo expresamos en la vida social, a través de un abrazo caluroso. No existe palabra, imagen o discurso que pueda suplir la estimulación directa de la piel, en cuya ausencia la vida se torna imposible. Durante la Segunda Guerra Mundial se describió en los albergues infantiles ingleses el caso de numerosos niños que, a pesar de tener colmadas sus necesidades de alimento y atención facultativa, permanecían la mayor parte del tiempo en sus cunas, pues el personal era insuficiente para ofrecerles un contacto interhumano más estrecho. Casi ninguno de estos pequeños sobrevivió a la primera infancia, muriendo en un estado de apatía y depresión orgánica que se manifestaba incluso con baja de defensas y deficiencias en el sistema inmunológico.

 

En sus estudios sobre la neurología del comportamiento adictivo, J.W. Prescott (14) ha relacionado la predisposición al consumo de sustancias psicoactivas con la existencia de situaciones de deprivación somato – sensorial durante la infancia. Por estar el desarrollo cerebral humano estrechamente relacionado con procesos sensoriales de estimulación y de privación durante las fases tempranas del desarrollo, se ha postulado que la ausencia durante los primeros años de vida del niño de una estimulación sensomotora y afectiva adecuada puede conducir a déficit nerviosos en la codificación y decodificación de experiencias preceptúales, con lo que se ocasionarían procesos fisiológicos diferenciales para individuos que, por tal razón, estarían más expuestos a caer en el fenómeno de la adicción

 

No debemos olvidar, como señaló hace varios años Leontiev, que el cerebro es un auténtico órgano social, necesitando de manera permanente estímulos ambientales para su desarrollo. Sin matriz afectiva, el cerebro no puede alcanzar sus más altas cimas en la aventura del conocimiento.

 

La más urgente necesidad que debe suplir un nicho afectivo es la del contacto, fenómeno de primerísima importancia en la experiencia familiar y en la estructura del núcleo primario. En nichos afectivos donde se impone la distancia corporal – el trabajo por ejemplo – los gestos de afecto y reconocimiento aparecen como sustitutos y formas socializadas de la relación piel a piel, la que debe ser remplazada por actitudes de reciprocidad y conductas que revelan acogimiento y ausencia de agresión.

 

Los franceses, tienen incluso un hermoso dicho para calificar a la persona torpe en sus relaciones sociales y sus contactos cotidianos.

 

‘’Te quiero si eres como yo quiero que seas’’, es la frase en que se concreta un chantaje afectivo, cuyo mensaje puede resumirse en la expresión: ‘’Te doy vida psicológica pero sólo si te sometes a mi autoridad’’ (15). Esta situación de violencia en la intimidad que suele presentarse como dulce y necesaria, no necesita recurrir a golpes ni a los gritos pero deja una huella profunda en la estructura psíquica, cual terreno abonado y propicio para la aparición de la compulsión adictiva. Todo caso de farmacodependencia revela, en el fondo, un mecanismo de chantaje afectivo que el adicto denuncia a la vez que perpetúa.

 

 

Es importante, para destejer la trama de la compulsión, reconocer en el trabajo de grupo las diversas situaciones que figuran una situación de chantaje, provocando una contaminación del nicho afectivo y llevando a dolorosas situaciones de violencia en la intimidad. Como negar la reciprocidad afectiva para obtener el sentimiento hacia una norma de conducta afecta tanto al que lo provoca como al que lo padece, lo más frecuente es que unos y otros se encierren en un círculo vicioso que poluciona y hace irrespirable al nicho afectivo, cuya capacidad nutricia se marchita, lanzando al ser humano a una búsqueda errática de cariño condenada desde el comienzo al fracaso, búsqueda que termina perpetuando en otros espacios la situación de la que se pretende escapar.

 

El paradigma de la ternura.

 

Un programa preventivo desarrollado desde la perspectiva de la ecología humana encuentra en el modelo vivencial de la ternura un paradigma de relación, comunicación y convivencia, que se levanta como un fuerte factor protectivo para impedir la aparición de la compulsión y la farmacodependencia. Al mostrarse como la situación opuesta a la funcionalidad y el chantaje afectivo, la ternura se convierte en un valor humano indispensable para acceder a la reconstrucción cultural que el trabajo preventivo nos impone.

 

La ternura es un paradigma de convivencia que debe ser ganado en el terreno de lo amoroso, pero también en lo productivo y lo político, arrebatando, palmo a palmo, territorios en que dominan desde hace muchos siglos los valores de la vindicta, el sometimiento, la conquista y la funcionalización de las relaciones humanas. Cabe entender, sin embargo, que la ternura no es sólo una experiencia táctil y corporal, pues las palabras y las instituciones también pueden ser violentas o tiernas, dependiendo de su disposición a dejar crecer la singularidad humana o a impedir su emergencia.

 

La vida y la sexualidad del adicto están por lo general desprovistas de ternura. Aunque la ansía y anhela, la ternura es percibida como un peligro, replegándose por eso sobre sí mismo, ayudado por la exhaltación química de su imaginario y de su vivencia guerrera. En mi larga experiencia como director de un centro para el tratamiento de farmacodependientes, pude constatar que uno de los momentos más peligrosos para la aparición de aquella situación que en la jerga de la rehabilitación se conoce como la ‘’recaída’’, era precisamente el que estaba signado por un acercamiento afectivo. Después de varias semanas de compartir terapias grupales y de prepararse para enfrentar de nuevo la vida cotidiana, el adicto se dejaba arrastrar por algún coqueteo amoroso que, al imponer cada vez más la cercanía de la intimidad, disparaba su ansiedad de consumo, conducta que terminaba incluso por destruir la relación afectiva que había iniciado. Esta ansiedad producida por la intimidad explica por qué la ayuda que intenta prestársele a un adicto por parte de familiares o seres queridos no hace otra cosa que exacerbar su afán de consumo. No es entonces apresurado afirmar que la adicción es un fenómeno inversamente proporcional a la capacidad de entregar y recibir ternura, de vivir en la intimidad y de construir lazos cálidos y afectivos con los otros. La ternura, como modelo de convivencia, aparece como el gran factor protectivo que impide la aparición de la farmacodependencia.

 

Estrategias de intervención.

 

Un modelo de intervención no debe  entenderse como un esquema cerrado, sino como un diseño tendiente a favorecer la circulación y comunicación dentro del ecosistema humano, pero cuyo funcionamiento y concreción será siempre diferente, dependiendo del grupo al que se aplique. Esta es la razón por la cual, desde la perspectiva de ecología humana, un programa de prevención exige del promotor gran creatividad e imaginación, y del grupo una comprometida labor de autogestión. No se pretende hacer un manejo normativo de masas ni reproducir conductas autoritarias que favorecen la violencia en la intimidad. Al contrario, es necesario tener una gran flexibilidad en la intervención, particularizándola y rediseñándola según las condiciones concretas que se enfrentan, sin olvidar nunca que se trata de un proceso de creación colectiva y no simplemente de la aplicación o reproducción de un nuevo modelo para el manejo de grupos, el control psicológico o la valoración estandarizada de la personalidad.

 

Presentado como enfoque metodológico y conjunto de herramientas conceptuales destinadas a promotores de salud mental comprometidos en la práctica de la atención primaria, el programa de prevención debe estar diseñado para aplicarse en dos esferas mutuamente complementarias. Una de ellas es de apropiación conceptual y la otra de autogestión. Los conceptos deben entenderse siempre como herramientas para un trabajo creativo, sujetos ellos mismos a un proceso de autoformación por parte del grupo o comunidad, que sólo logrará apropiárselos después de cotejar sus propias imágenes y vivencias con los esquemas de racionalidad que les ofrecemos para interpretar su realidad.

 

Los contenidos del programa deben ser seleccionados para responder a las necesidades planteadas por la comunidad, pues es ésta la que debe fijar prioridades y señalar en últimas el camino a seguir en la labor autogestiva. Los contenidos deben ser diseñados de tal manera que pueden integrarse fácilmente a un lenguaje cotidiano, permitiendo el trabajo con grupos amplios de población, a los que se buscará motivar en su acción transformadora. El cuerpo de conceptos ofrecido como derrotero para adelantar la labor preventiva no puede entenderse de ninguna manera como un corpus dogmático o un conocimiento acabado. Su utilización no exime al promotor de volver a consultar a la comunidad una y otra vez, indagando por la presencia de nuevos problemas socialmente relevantes o precisando la mayor o menor incidencia de los mismos, abierto siempre a la investigación y la reflexión, para mantener una perspectiva apropiada a la realidad que enfrenta. Más que una verdad acabada, la propuesta preventiva debe entenderse como una hipótesis en permanente construcción, agenda de trabajo que exige en todo momento ingenio y recursividad.

 

Uno de los objetivos importantes a lograr por parte de las personas encargadas de la promoción educativa y la autogestión comunitaria, será forjar nuevos promotores que tomen como suya la implementación de la propuesta. Bajo este propósito, se adelantará la formación de Grupos Autogestivos de la Interpersonalidad en colegios, empresas, barrios y organizaciones comunitarias, de tal manera que emprendan la tarea de transformar el medio ambiente interhumano, en cuyo mal funcionamiento radican las fuentes de la farmacodependencia.

 

Tematización de la adicción.

 

Hemos visto cómo en un trabajo de prevención primaria se debe recurrir a un lenguaje imaginativo para generar, dentro de la comunidad, un proceso de autogestión de la Interpersonalidad que permita un enriquecimiento de los modos de comunicación prevalecientes. Así, dentro de un contexto dialógicamente enriquecido, la tematización sobre la farmacodependencia brotará como producto de una reflexión y transposición doctrinal de algunos técnicos o instituciones que con sus metodologías tornan imposible la tarea de lograr un auténtico cambio actitudinal.

 

El abordaje del problema del adicto debe ser el corolario de un trabajo de prevención y no su punto de partida.

 

 

En nuestro trabajo con grupos y comunidades no tendremos como tema central y único el problema del consumo, ni definiremos con detalle las distintas fases del farmacodependiente. No mostraremos al público las sustancias adictivas para que reconozca sus características físicas o nombres químicos y populares. Tal como lo plantea la terapia familiar estructural, en este caso es necesario ‘’ampliar el síntoma’’, tematizando el proceso de formación y cristalización de la farmacodependencia al interior de una reflexión mucho más profunda sobre el medio ambiente interhumano. Sólo de esta manera lograremos tomar el iceberg por sus raíces y empezar a superar la ausencia de contenidos diferentes a los referidos a la sustancia, al tráfico y el consumo, perspectiva estrecha que caracteriza todavía a muchos de los trabajos de prevención que se adelantan en colegios, barrios, empresas e instituciones de salud.

 

Es por eso que la prevención debe entenderse como un proyecto de reconstrucción cultural, pues sólo desde la cultura es posible fortalecer los factores protectivos que impiden la aparición de la farmacodependencia. Para ello, es necesario convocar a la comunidad, a fin de que genere alternativas y construya soluciones que permitan, a través de consensos no coactivos, enfrentar con propiedad sus conflictos. Los programas de prevención deben articularse a una política amplia cuyo eje central es la construcción de una nueva cultura que se ofrezca como alternativa al proceso de funcionalización a que se ven sometidos grupos e individuos en la sociedad contemporánea.

 

La droga es un producto cultural, por lo que la prevención debe dirigirse a la esfera de lo simbólico, a las convenciones éticas y estéticas, a los modos de convivencia social y a las posibilidades de construcción de una vida cotidiana. Desde la dimensión ética, se buscará el fortalecimiento de un conjunto de prácticas y valores que cimenten actitudes de diálogo, compromiso afectivo, respeto y solidaridad ciudadana. Desde la estética, se fomentarán procesos de búsqueda y construcción de la identidad cultural, de manejo del conflicto a través de la expresión artística y la creatividad, así como alternativas lúdicas para el afianzamiento de la singularidad de individuos y comunidades.