Drogas y Cultura

En su canción “El Problema” Arjona dice: “El problema no es que me mientas: el problema es que te creo…” Y va mostrando en esos versos como muchos de los problemas no tienen que ver con las actitudes de los otros, con las cosas que suceden afuera de uno, sino que uno es el que acepta tales circunstancias.

Parafraseando al cantautor, podríamos decir nosotros: “el problema no es la droga: el problema es que yo la consumo”…y añadir: “el problema no es la droga: el problema es que la droga es  hija de esta cultura.

Porque es esta cultura la que ha convertido un uso de drogas y estupefacientes que siempre han existido, en un hábito compulsivo de consumo que termina por consumir al usuario de de las mismas.

Miles de productos legales e ilegales se abaten sobre nuestra cultura planetaria y

Naciones  y sistemas están empeñadas en un suerte de “guerra” contra las drogas, que naturalmente consideramos perdida. Y esto por dos razones: ningún Estado encara realmente un proyecto de salud en este sentido, y tanto el alcohol, el tabaco y todas las demás drogas solo existen porque los hombres le dan cabida. Y por tanto ningún  programa de gobierno o esfuerzo de organizaciones no gubernamentales podrán resolver este problema si no lo encaran desde la educación y programas de enriquecimiento personal y respeto de los derechos humanos. Toda prevención que se basa en características apercibas, de miedo o castigo, jamás conseguirá su cometido. Como botón de muestra, fijémonos que pasa con el alcoholismo. Después de tantos milenios, hemos encontrado la forma de suprimirlo? Hemos encontrado la receta mágica que lo resuelva? No la encontraremos, porque sólo desaparecería  este fenómeno si viviéramos en una civilización perfecta.

Y si las drogas desaparecieran, esto sucedería porque la civilización encontró otra manera también mortal de resolver sus conflictos. Lo cual es saltar de la sartén para caer en las brasas.

Sólo consumimos drogas porque toda nuestra cultura es consumista. ¿De que otra forma esta cultura, entonces,  siendo básicamente consumista,  podría haber respondido a sus necesidades. Nosotros hemos parido a la bestia.

La definición de la dignidad humana forjada por el Renacimiento y elaborada en los valores democráticos de las modernas civilizaciones occidentales parece estar a punto de desaparecer. Los principales medios de comunicación nos informan, de un modo estridente, de que la capacidad humana para el comportamiento obsesivo y la adicción ha celebrado unas bodas satánicas con la farmacología moderna, el marketing y los transportes de alta velocidad. Gobiernos y naciones enteras del Tercer Mundo están atrapados en la esclavitud de productos legales e ilegales que promueven comportamientos obsesivos.

         Hasta hace muy poco los cárteles internacionales de narcóticos eran la sumisa creación de gobiernos y agencias de inteligencia a la búsqueda de fuentes de dinero negro con el que financiar su propio estilo de comportamiento. Estamos rodeados por el triste espectáculo de las guerras de la droga, libradas por instituciones gubernamentales que normalmente están paralizadas por la letargia y la inoperancia, o están en clara complicidad con los cárteles internacionales de la droga, a los que públicamente se comprometen a destruir.