Mujeres al borde de un ataque
de psicofármacos
Las autoridades rusas inyectaron
tranquilizantes a las familiares de los muertos en el submarino
"Kursk"
Fue otra muestra de la tendencia
mundial de prescripción abusiva de drogas a las mujeres con problemas
MABEL BURIN. Doctora en Psicología
clínica, especialista en Género y subjetividad.
En estos días hemos asistido consternados
a la imagen de mujeres rusas a quienes se les está inyectando tranquilizantes.
Eran mujeres que lloraban clamando por sus familiares muertos en
el submarino accidentado y hundido en el fondo del mar de Barents.
En esas imágenes es claramente
visible que los gritos y llantos se producían en el contexto de
una reunión informativa, en medio de un gran silencio entre quienes
debían ofrecer información y respuestas a los interrogantes de los
deudos.
Algunos medios no vacilaron en
caracterizar esta situación como ejemplo de utilización de métodos
violentos (en este caso, la imposición inyectando un tranquilizante)
hacia quienes denuncian y reclaman en tiempos de democracia.
Este hecho pone en evidencia la
existencia de recursos para controlar el malestar de las mujeres
cuando denuncian situaciones vergonzantes de injusticia, recursos
que, aunque son legales, no son legítimos. Estas imágenes ponen
en crisis el supuesto de legitimidad de administrar psicofármacos
cuando lo que está en juego son actitudes críticas contra el manejo
arbitrario del silencio y la desinformación.
Sin embargo, existe una larga tradición
en nuestra cultura respecto de la prescripción abusiva de psicofármacos
hacia las mujeres, que recién en las últimas décadas se ha puesto
en cuestión a partir de la reflexión y la acción conjunta de los
movimientos de mujeres y de los grupos preocupados por la calidad
de vida de la gente.
"Drogas maravillosas"
¿Qué son los psicofármacos? Son
drogas legales, de fabricación permitida y de distribución lícita.
Los de más amplia difusión son las benzodiazepinas, denominadas
"drogas maravillosas" cuando fueron descubiertas, ya que parecía
que tenían todas las ventajas y ninguna de las desventajas de las
que se habían utilizado hasta entonces, principalmente que no tendrían
los efectos adversos de las anteriores.
Los estudios realizados en varios
países como Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, Inglaterra y
Australia indican que existe una pauta de consumo coincidente en
todos ellos: la relación entre mujeres y hombres recetados con tranquilizantes
ha sido siempre de dos a uno. Esto significa que la tendencia internacional
indica que el doble de mujeres que de hombres consumen psicofármacos.
En la Argentina los datos con que contamos para el abuso de psicofármacos
entre mujeres son escasos, fragmentarios y desactualizados. Existe
una investigación desarrollada entre 1979 y 1981 por el Programa
de Epidemiología Psiquiátrica con investigadoras del Conicet que
indica que en Buenos Aires y el conurbano, entre las personas encuestadas,
el 9,72% de las mujeres revelaba haber consumido psicofármacos últimamente,
junto con el 6,60% de los varones encuestados, o sea que se repite
la misma proporción que se revela en los estudios internacionales;
eso nos haría pensar que una de cada diez mujeres necesita drogarse
para empezar cada día o para poder irse a dormir cada noche.
¿Qué explicación dar a este fenómeno?
A partir de los años 70, varios grupos pertenecientes al movimiento
de mujeres y a la promoción de la salud concentraron su atención
sobre el uso excesivo de tranquilizantes por parte de las mujeres,
especialmente las de mediana edad y mayores. Han calificado a las
mujeres como grupo de riesgo para el abuso de tranquilizantes. En
su mayoría, los estudios se han centrado, en primer lugar, en denunciar
la actitud lucrativa de los laboratorios productores de psicofármacos,
que encuentran en las mujeres un mercado consumidor preferencial
y hacia el cual dirigen su publicidad específica; en segundo lugar
resaltan la complicidad de los médicos con los laboratorios, especialmente
de aquellos médicos que no parecen interesados en hallar nuevas
alternativas terapéuticas para las mujeres que los consultan, así
como una marcada actitud discriminatoria en sus modos de escucharlas
y extenderles una receta.
Afectos difíciles
Los síntomas de ansiedad, tristeza,
tensión y enojo, que expresan las mujeres hacia sus condiciones
de vida se han vuelto cada vez más medicados en nuestra cultura:
han obtenido el status de "enfermedad". El sistema de salud dominante
tiende a visualizar estas reacciones emocionales como patológicas,
y responde ofreciendo estas drogas para lo que llaman "tratar la
enfermedad". Las mujeres mismas son percibidas como "el problema",
por parecer débiles, dependientes, emocionalmente incontrolables,
necesitadas de ayuda para enfrentar sus problemas. Lo que resulta
llamativo es cómo nosotras mismas hemos internalizado el estereotipo
de nuestra fragilidad y de nuestra vulnerabilidad, de nuestra inadecuación,
y de la idea de que debemos acudir al médico en busca de ayuda.
Y aunque oscuramente percibimos que los psicofármacos no constituyen
solución alguna a nuestros problemas, sin embargo, parecería que
no podríamos más que someternos a esa prescripción y dar por concluida
la consulta con la repetición, una y otra vez, de la misma receta,
aunque a menudo se deba aumentar la dosis cuando el tranquilizante
comienza a producir acostumbramiento.
Ante lo que hemos denominado "situaciones
de contexto difíciles" (también llamadas estresantes), las mujeres
reaccionan con afectos desbordantes, imposibles de controlar.
Sin embargo, el desborde de las
emociones que padecen estas mujeres es percibido por sí mismas y
por quienes las rodean como un problema, una falla de su personalidad
que deben remediar, cuando las expectativas familiares y sociales
son que las mujeres mantengan el equilibrio emocional y la armonía
afectiva. El desfase entre las expectativas del rol del género femenino
y su desempeño es considerado como una "enfermedad" que debe ser
llevada a la consulta.
La mayoría de los estudios realizados
revela la actitud patriarcal con que se trata el malestar de las
mujeres. Más que la búsqueda de las causas que originan los síntomas,
se apunta a ofrecer una droga que rápidamente los acalle. Nos preguntamos
si compete al sistema médico atender consultas por problemas derivados
de las condiciones de vida de las mujeres, aun cuando estos problemas
se expresan como trastornos de salud.
Quizá no sea de incumbencia del
sistema médico, sino del sistema social y político más amplio en
el cual éste se inserta. Es necesaria una actitud de apoyo más firme
a la investigación de este fenómeno, acompañada de una clara denuncia
acerca de la marcada indulgencia con que se lo trata en nuestra
sociedad. Además, se requiere una actitud más resuelta para definir
el carácter prioritario de esta problemática en los programas de
salud de mujeres, mediante estudios y planes de acción que apunten
a mejorar los criterios de preservación y promoción de la salud.